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Naturaleza

El desierto coahuilense no está vacío

Forma parte del desierto más grande de Norteamérica y uno de los más biodiversos del mundo. Qué vive en el semidesierto de Coahuila y cómo aprender a verlo.

· 3 min de lectura

La primera impresión del desierto suele ser de ausencia. Se ve tierra, matorral bajo y horizonte. Pero la escala del desierto no es la del bosque: aquí la vida no se impone a la vista, se reparte y se esconde. Aprender a verla cambia por completo la experiencia de estar aquí.

Un desierto de récord

El semidesierto de Coahuila forma parte del desierto chihuahuense, que es el más extenso de Norteamérica y se reconoce como uno de los desiertos biológicamente más ricos del planeta. Buena parte de él está en territorio mexicano, y Coahuila ocupa un lugar central.

Su riqueza se explica por dos cosas: la altitud, que le da un clima más templado que el de otros desiertos, y una historia geológica larga que aisló poblaciones y produjo especies que no existen en ningún otro lugar.

Las plantas, que son las verdaderas protagonistas

La región es un centro mundial de diversidad de cactáceas. Muchas especies son endémicas de áreas muy pequeñas, a veces de un solo valle.

Entre lo que se reconoce con facilidad:

  • Yucas y sotoles, que dan al paisaje su silueta característica.
  • Lechuguilla, el agave pequeño y espinoso que tapiza laderas enteras y es la especie indicadora de este desierto.
  • Gobernadora, el arbusto que perfuma todo después de llover. Es una de las plantas más longevas del mundo.
  • Mezquite y huizache, leguminosas que fijan nitrógeno y crean microclimas donde se refugian otras especies.
  • Biznagas y cactus de barril, algunos de crecimiento lentísimo. Un ejemplar mediano puede tener más edad que la persona que lo mira.

La fauna trabaja de noche

En el desierto casi nada se mueve a mediodía. La actividad ocurre al amanecer, al atardecer y de noche.

Con paciencia y a las horas correctas es posible ver correcaminos, liebres, zorras del desierto, tlacuaches y, con suerte, algún venado bura al alba. Los reptiles aprovechan las primeras horas de sol.

Y hay un espectáculo que casi nadie anticipa: la cantidad de aves. Los mezquites y los cuerpos de agua concentran mucha más vida alada de la que el paisaje sugiere. En temporada, la región recibe además aves migratorias que usan el corredor del norte de México.

El momento que lo cambia todo

Después de una lluvia fuerte, el desierto se transforma en cuestión de días. Semillas que llevaban años esperando germinan a la vez, y el suelo se cubre de flor. Dura poco, a veces menos de dos semanas.

Quien vive aquí aprende a estar pendiente, porque no se anuncia y no se repite igual dos años seguidos.

Cómo mirarlo

Tres reglas sencillas cambian la experiencia:

  1. Sal temprano o tarde. El desierto de mediodía está en pausa.
  2. Camina despacio y detente. La vida está en la escala del metro cuadrado, no del panorama.
  3. Mira debajo de los arbustos. Casi todo lo que vive aquí busca sombra, y bajo un mezquite hay más actividad que en veinte metros de suelo abierto.

Conservar es un criterio de diseño

En un ecosistema con tantas especies de distribución restringida, cómo se ocupa el territorio importa. La baja densidad de construcción, la vegetación nativa en lugar de jardines exóticos y el respeto a los corredores naturales no son gestos ornamentales: son la diferencia entre un desarrollo que convive con el desierto y uno que lo sustituye.

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